La mirada del cuidado, con Miguel Ángel Millán

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Conversaciones sobre atención holística, acompañamiento y dignidad en la atención.

En esta segunda entrega de La mirada del cuidado, conversamos con Miguel Ángel Millán Asín, una de las voces de referencia en el ámbito de la humanización del cuidado.

Gerontólogo, trabajador social, teólogo y psicólogo social, ha desarrollado su trayectoria profesional en el ámbito de la intervención social, el envejecimiento y la humanización del cuidado, combinando la docencia, la gestión de organizaciones y la cooperación internacional. Especialista en envejecimiento saludable, humanización de la salud y gestión por valores, continúa compartiendo su experiencia a través de la formación y la divulgación, convencido de que cuidar humanamente es uno de los grandes retos de nuestra sociedad.

A lo largo de esta conversación reflexiona sobre el papel de la tecnología en la atención, la importancia de mirar más allá de la enfermedad, el valor de la espiritualidad, la necesidad de cuidar a quienes cuidan y los desafíos que afrontan las organizaciones para consolidar una verdadera cultura del cuidado.

Es usted uno de los impulsores del enfoque de humanización en el ámbito asistencial. ¿Qué significa hoy la humanización del cuidado en un sistema orientado cada vez más a la tecnología?

Para mí, humanizar significa rebelarse contra la «anestesia» de la mirada, es un acto de resistencia ética. Lo defendía a finales del siglo pasado y lo sigo defendiendo hoy:  detrás de cada historia clínica, de cada diagnóstico y de cada dependencia hay una biografía, una persona con sus valores, deseos, miedos, memoria, heridas, esperanzas, vínculos… Una persona necesitada de ser mirada y valorada.

La tecnología puede ser una gran aliada. Ojalá nos ayude a diagnosticar mejor, a prevenir, a aliviar sufrimientos y a liberar tiempo. Pero ninguna máquina puede sustituir la mirada de quien se detiene, escucha y hace sentir al otro que su vida sigue teniendo valor. Cuanto más tecnológico sea el sistema, más necesitamos cultivar una mirada humana, ética y compasiva.

Desde su experiencia, ¿qué se pierde cuando la atención se centra solo en la enfermedad o en las carencias y no en la persona?

Se pierde la persona. Y cuando eso ocurre, aunque todo funcione aparentemente bien, algo esencial se rompe. Lo he visto muchas veces. 

Una persona mayor puede ser descrita por sus déficits: no camina, no recuerda, no come sola, no controla esfínteres, no oye bien, no colabora. Pero esa misma persona ha amado, ha trabajado, ha cuidado, ha rezado, ha sufrido, ha sostenido a otros, ha tomado decisiones importantes, ha tenido sueños. Si solo vemos lo que ha perdido, dejamos de reconocer lo que ha sido y lo que todavía es. 

A veces las instituciones, sin querer, convierten a las personas en tareas: levantar, asear, medicar, alimentar, acostar. Todo eso hay que hacerlo, y hacerlo bien. Pero cuidar es algo más. Es ayudar a que alguien no se sienta reducido a su fragilidad. Es decirle, con gestos concretos: “sigues siendo tú”. Y construir entornos adecuados para que pueda vivir una vida con sentido.

¿Qué papel juega la espiritualidad en los procesos de cuidado y acompañamiento?

Muchas personas no sufren solo por el dolor físico o por la pérdida de autonomía. Sufren también porque necesitan sentido. Se preguntan qué queda de su vida, si han amado suficiente, si serán recordadas, si Dios está cerca, si pueden reconciliarse con alguien o consigo mismas.

La espiritualidad aparece ahí, en ese territorio íntimo donde la persona se encuentra con sus preguntas más hondas. Para algunos se expresa en la fe, la oración o la confianza en Dios. Para otros, en el silencio, la gratitud, una conversación pendiente, el perdón o la necesidad sentirse perdonados.

Acompañar espiritualmente no es dar respuestas hechas. Es crear un espacio de respeto para que la persona pueda habitar sus preguntas y encontrar sus propios recursos de sentido. Es saber estar, escuchar, sostener, callar cuando hace falta y ayudar a que cada persona pueda vivir su fragilidad con la mayor paz posible.

¿Cómo se forma realmente a los profesionales para mirar y cuidar de manera más humana?

No basta con impartir cursos. La mirada humana se aprende por experiencia, por contagio al lado de personas que cuidan bien y por cultura institucional. Se aprende cuando un equipo se pregunta cómo trata a las personas, no sólo técnicamente, sino también éticamente; cuando alguien nos ayuda a reconocer nuestras prisas, defensas, cansancios, heridas.; cuando aprendemos a gestionar el impacto emocional y a rescatar la belleza que encierra el acto de cuidar. 

He visto profesionales extraordinarios, capaces de hacer de un gesto pequeño una forma de dignificar la vida. Pero también he visto cómo el agotamiento, la falta de tiempo, la burocracia o una mala organización pueden endurecer a personas buenas. Por eso, formar en humanización exige cuidar a quienes cuidan. No podemos pedir ternura, escucha y compasión a equipos quemados, precarizados o desatendidos en sus propias necesidades humanas. La humanización necesita formación, pero también liderazgo, supervisión de equipos, espacios de reflexión ética y condiciones reales para cuidar bien.

En su trayectoria, ¿qué experiencias le han confirmado que la humanización no es un complemento, sino una necesidad estructural?

Mi propia vida profesional me lo ha enseñado. He dirigido centros y servicios, he impulsado proyectos, he dado formación, he escrito, he acompañado equipos. Me siento agradecido y feliz por muchos logros. También he sufrido. Porque no siempre he conseguido implantar estos valores como me hubiera gustado.

He comprobado que todos estamos de acuerdo con la humanización mientras no obligue a cambiar horarios, prioridades, estilos de mando, formas de trabajar y de relacionarse, modos de evaluación, presupuestos… Ahí se descubre si es un discurso o una convicción.

He aprendido que no basta con tener buenos profesionales. Una organización mal diseñada puede deshumanizar incluso a personas buenas. Si todo está pensado solo para la eficacia, el control o la rentabilidad, la persona vulnerable acaba adaptándose al sistema, cuando debería ser el sistema el que se adaptara a ella.  Y también he aprendido que no hay verdadera humanización si una entidad cuida bien a sus destinatarios, pero descuida a sus trabajadores. 

6. ¿Qué retos principales ve hoy para consolidar una cultura del cuidado en las instituciones sociosanitarias?

El primer reto es pasar del discurso a la estructura. Todos hablamos de cuidado, dignidad y persona, pero hay que traducirlo en modelos organizativos reales. 

El segundo es cuidar a los profesionales. No se puede pedir una atención compasiva a equipos quemados, precarizados o emocionalmente exhaustos.

El tercero es superar la fragmentación. La persona no vive dividida en áreas: sanitaria, psicológica, social y espiritual. Necesita continuidad, coordinación y una mirada integral. 

El cuarto es educar en el cuidado desde mucho antes: en las familias, en la escuela, en la comunidad. Sin una cultura social del cuidado, las instituciones trabajan siempre a contracorriente.

Finalmente, necesitamos recuperar la compasión como valor público. La compasión no es sentimentalismo; es la capacidad de dejarnos afectar por la vulnerabilidad del otro y responder de manera competente. Sin cuidado no hay ciudadanía. 

En ello me he comprometido tras mi jubilación. Si queremos instituciones más humanas, necesitamos educar desde la infancia en la empatía, el cuidado y la compasión. Ese es el sentido de mi último libro, Cuidadanía y compasión, una guía docente que propone actividades y dinámicas para trabajar estos valores en la escuela. Con él quiero impulsar, modestamente, el proyecto de escuelas compasivas y de comunidades compasivas, donde el cuidado sea una expresión profunda de ciudadanía humanizada.

Hoy sigo creyendo en lo mismo que cuando empecé, quizá con menos ingenuidad, pero con más hondura. Cuidar humanamente no es un lujo. Es decir qué sociedad queremos ser. Porque todos, antes o después, necesitaremos que alguien nos cuide no solo con competencia, sino también con respeto, paciencia y corazón.

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